05 julio 2015



Gracias a una protección social y familiar, los problemas económicos de los españoles se contienen y la precariedad queda más disimulada





Hace poco fui a Zaragoza para pasar unos días, y lo primero que me llamó la atención fue lo limpias que estaban las calles y lo relajada que se veía la gente, que paseaba o iba de compras. Yo acababa de llegar de Nueva York, donde llevo viviendo varios años, y estoy acostumbrada a ver miseria en los barrios más lujosos. La sensación de bienestar que me transmitía la capital aragonesa era tal que parece mentira que tenga tanto desempleo, un 15,73% exactamente. Parece mentira que se oiga hablar tanto de la crisis y las dificultades de los españoles para llegar a fin de mes. Pero es que en este país la falta de recursos no siempre se nota. En Estados Unidos, en cambio, es descarada: se ven niños con problemas de sobrepeso por mala alimentación, jóvenes desharrapados pidiendo dinero para coger un tren a alguna parte, gente empujando carros con envases que canjean por algunos dólares, vagabundos hablando solos o pasando la noche tumbados en las salidas de aire de los metros.

Cierto es que en ciudades más grandes como Barcelona y Madrid también hay mucha mendicidad. Pero en general en España, gracias a una protección social y familiar relativamente sólida, los problemas económicos de la población se contienen y la precariedad, aunque está muy extendida, queda más disimulada. Parece que la gente no esté tan mal, pero una gran parte tiene trabajos inestables e ingresos escasos.

Sueldos insuficientes

El salario más frecuente en España se sitúa en torno a los 15.500 euros anuales, según el Instituto Nacional de Estadística. Son 1.290 euros al mes. Si descontamos impuestos, vivienda, subministros y alimentos básicos, pueden sobrar alrededor de 400 euros. Si además descontamos otros gastos, como el mantenimiento del coche (cuota, gasolina, garaje, seguro, reparaciones, revisión...), apenas queda nada. De modo que si después de abonar esa cantidad, el español medio dispone de unos pocos euros y no tiene pagos adicionales, destina ese remanente a unas pocas frivolidades, porque ahorrarlo no le lleva muy lejos y porque desea vivir la ilusión de una vida acomodada. El economista estadounidense James Duesenberry desarrolló en los años cuarenta la teoría de la renta relativa, que ayuda a explicar esta situación: la gente consume en relación con el nivel de vida que ha alcanzado en una etapa determinada, y hace esfuerzos para mantenerlo en periodos de menos bonanza, porque los considera transitorios. Además, sus hábitos de consumo están condicionados por los hábitos de los demás dentro de su mismo rango de ingresos.

El consumidor sabe, por otra parte, que cuenta con unos mecanismos de previsión social, como prestación por desempleo, seguridad social y pensión, aunque se hayan reducido a raíz de la crisis. Según diversos analistas, en algunos países la ausencia de estos mecanismos, sumada a factores culturales, induce a los ciudadanos a ahorrar más, como ha ocurrido hasta hace poco en China, que se ha convertido en el siglo XXI en la principal fuente de ahorro a escala mundial. Ello no significa que haya que recortar las prestaciones sociales en España, pero los sueldos deberían ser más altos para evitar compensar al trabajador con ayudas sociales u obligarlo a trabajar en exceso.

Una buena parte de los españoles, con o sin estudios, con o sin empleo, es pobre en cierto modo. Existe la idea de que pobre es solo aquel que carece de recursos suficientes para satisfacer sus necesidades básicas, pero lo es casi tanto aquel que no puede salir del círculo vicioso de trabajar para pagar facturas y que no puede afrontar imprevistos. Esta situación puede ser especialmente grave para los que viven solos, pues no comparten el coste desproporcionado de la vivienda ni cuentan con el apoyo de la pareja para abordar proyectos financieros. Se incide a menudo en la vulnerabilidad de los hogares con hijos pero, como apuntan algunas investigaciones, una familia que cuenta con dos entradas de dinero aunque sean muy moderadas suele gozar de mayor seguridad económica que una persona con una sola. Si el sueldo de un trabajador a tiempo completo no le permite emanciparse no es un sueldo justo.


España, el país europeo con más desigualdades

Como en España no se nota la carencia material en toda su dimensión, tampoco se notan del todo las profundas desigualdades entre unos pocos privilegiados y el resto. En un país capitalista como Estados Unidos saltan a la vista. El empleado que sirve la hamburguesa a un alto ejecutivo tiene que trabajar hasta tres meses para ganar lo mismo que este en una hora, y a veces vive al borde de la exclusión social, como señalé en un artículo para este periódico. España, si bien no ha llegado a ese extremo, es uno de los países europeos con diferencias socioeconómicas más pronunciadas, pero no son tan evidentes, como si no fuera del todo cierto que el 1% más acaudalado concentra ya más riqueza que el 70% más humilde, según señala un informe de Oxfam, o que la remuneración de algunos alcaldes es hasta diez veces superior al del ciudadano de a pie.

La pobreza en España es poco visible y bastante conformista. Se cobija en las ayudas y se calma comparándose con otra peor. Hace falta más iniciativa para solucionar la precariedad económica, hay que luchar contra la corrupción política, aplicar mejores políticas fiscales de redistribución de riqueza, crear empleo de calidad y bien retribuido, y eliminar aquellas medidas de flexibilización laboral que abusan del trabajador con contratos inestables y salarios injustos.